
En mi memoria, de momento ajena al olvido, guardo amaneceres capaces de justificar mi existencia.
Aún recuerdo, a pesar del sueño pegado a los ojos y conmoviendo al corazón, el despertar de Myanmar, antes conocida como Burma o Birmania, en mi camino.
Muchos países han conseguido ponerme, con sus imágenes y realidad, contra las cuerdas del esfuerzo buscado; pero sólo Birmania ha sabido knockearme con la imaginación de su difícil vida y con la crueldad de un clima letal y agotador.
Quizás, en Myanmar, no llegué a contemplar el sufrimiento de una realidad escondida con maestría por los custodios de un régimen militar, comunista, y dictatorial; quizás, en aquel inmenso trozo de trópico devorador y húmedo, no me enfrenté a las realidades urbanas vistas una y otra vez en las calles de una increíble India o en los rostros de un maravilloso Pakistán; y es que la tormenta Birmana se desarrolla, a modo de poderoso monzón, en la realidad interior que transmite con su mirada la inocencia de su población... a pesar de su cautiverio, a pesar de las torturas, a pesar de la falta de libertad... a pesar de que, como me dijeron, "si una persona buena tiene hambre terminará haciendo cosas malas".
Poco pude pedalear en Birmania a causa del férreo y "virtual" control militar... como siempre ese control era por mi bien... Tampoco pude andar demasiado porque mi precaria economía de subsistencia no me permite zascandilear por aquellas regiones en donde un sólo día puede suponerme el desembolso de veinte días de viaje: unos 100 euros.
Y sin embargo, a pesar de la presión húmeda y desesperada que supone vivir en una cárcel camuflada, a pesar del stress que implica el sospechar, allí todos somos sospechosos, que aquellos que hablaron conmigo mientras paseaba podrían ser detenidos y torturados sin más explicación que la de hablar conmigo, volvería a perderme por las llanuras Birmanas porque viajar a ellas es como retroceder muchos siglos en el tiempo y reencontrarse con una vida arcaica y una población que, sin sombra de maldad y aún sin resabiar por el hedor del turismo, es más inocente que el más inocente occidental niño de tres años.
Si exceptúo Yangoon y Mandalay, el resto de Birmania se mueve al ritmo marcado por los carros de bueyes; sin contar esas ciudades, el resto del país vive en chozas de bambú y resuena con los pasos de la madera con la que fabrican sus chanclas.
Recorrer hacinado sobre el suelo de un barco las quince horas de trayecto que separan Mandalay de Bagán, supone retrocer a ritmo de siglo por hora y observar, vivir, una forma de existencia tan extrema y lejana que está casi olvidada... ¡sería el sopor terminal del calor!... y, como ocurre con todo el esfuerzo, recoger la recompensa de llegar a un lugar tan bello y poderoso, tan estático en el trópico que podría jurar que Marco Polo observó hasta las mismas sombras, que creí ser territorio exclusivo del alma.
Sufrí Birmania hasta las lágrimas, hasta la deshidratación, pero volvería allá sin dudarlo sólo por el placer que supone ser uno más entre miles de niños y, al atardecer, sentarme en cualquier esquina a disfrutar de mi copa de helado de nata mientras anochece por detrás de la Sule Pagoda.
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