
Como muchos sabéis, tengo en mi destino la estrella de la Inquietud y, será por el deseo inconsciente que me explicó mi amiga Conchi, pocas veces estoy conforme ni con lo que me rodea ni con lo que siento... será que yo también soy víctima de esa verdad que reza "el ser humano ama lo que no tiene o lo que pierde". Y yo, perseguido por esa inconformidad, tengo la sensación de nunca estar en donde deseo y nunca desear el lugar en donde siento y estoy.
En mi destino inconformista, los rincones, los horizontes, llámalos como quieras Marta, se sudecen y me saturan la sensible memoria hasta tal punto que puedo estar contemplando algo realmente bello, Perfecto, y quedarme indiferente hasta que muchos meses después mi sensibilidad se despereza ante el asombro de los recuerdos.
Así transcurren muchos de mis destinos; pasados tres meses de belleza y de perplejidad, dejo de asombrarme y de sorprenderme; llego a convertirme en un ciego de sentimientos y de sensaciones que deja pasar la oportunidad de lo contemplado.
¡Qué le voy a hacer! Si uno termina, para sobrevivir, insensibilizado ante las crueles imágenes que me regala la vida de los horizontes en los que navego, cómo no iba a insensibilizarme ante la sucesión de una belleza que a veces duele por solitaria, jamás por sufrida.
Sin esperarlo llegué a Groenlandia el verano pasado y, nada más penetrar su salvaje frontera, tuve la corazonada de que esa isla helada, como lo mejor de mi amada India, terminaría por complicar mi vida y enredar mi destino con su karma de causas y consecuencias.
Supongo que algún día escribiré algo sobre Groenlandia, deberé esperar a que mi sensibilidad recopile los recuerdos embotados de lo vivido y analice las sensaciones de lo experimentado.
Allí, en Groenlandia, a pesar de que todo es tan puro como el hielo, uno entra en conflicto inmediato con sus sensaciones y, de nuevo, la incertidumbre de las referencias extraviadas hacen que se tambaleen hasta los destinos más sólidos; y es que la vida en el Ártico es y resulta tan ambigüa y absurda como lo eran los capítulos de la serie "Doctor en Alaska".
Así, en el absurdo del deseo inconsciente, en una de mis postreras guiadas, conocí a Enooraq (literalmente "personita"), un anciano granjero Inuit de 68 años y de mirada triste, inmensamente triste, con el que congenié desde la primera sonrisa y con el que me sentí anímicamente identificado.
Desde su granja la soledad cómplice era lo que se respiraba, y lo que desde ella se contemplaba era la imagen de la foto que ilustra esta entrada: un auténtico tesoro que el alma identificó como tal sin peligro de ser confundida con los oropeles de otras sensaciones y de otras miradas con las que los humanos nos dejamos confundir... CONTINUARÁ.
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