lunes 18 de febrero de 2008

RAÍCES DESPEDIDAS


Quizás, para encontrarse, sea necesario el tener que perderse primero y extraviar todas aquellas referencias que constituyeron nuestra vida.

Quizás, para perderse, sea necesario el tener que despojar el alma de todos aquellos oropeles que confundieron nuestra búsqueda y nos hicieron perder el camino de la levedad.

Y resulta duro e ingrato, descorazonador, triste y dudoso, el destino desarraigado que el ánimo suele elegir una vez que se ha percatado de la desorientada existencia de los sentidos y de las costumbres.

Al principio, la soledad es la ausencia de todo lo que nos rodeó y confundió nuestra virtud en el engaño de los sentidos; al final, la ausencia es la verdad de la soledad y la sonrisa del saberse, del sentirse, inmensamente afortunado por tener las manos vacías y el corazón repleto de todas las sensaciones que manan de la esencia de nuestra alma.

Y nunca estuve tan perdido cuando mi destino me escupió el gris dolor de "ahora eres lo que se espera de ti; ahora tienes un trabajo serio; ahora eres un miembro productivo; ahora tienes un jefe; ahora es mejor que no te mires al espejo por la mañana; ahora eres un triste rostro gris y macilento en el vespertino metro; ahora sabes lo que harás mañana; ahora sabes lo que vendrá pasado mañana; ahora sabes lo que estarás haciendo dentro de muchas lunas"... y ese falso "ahora" me garantizaba una eternidad aburrida que ni buscaba ni perseguía ya que representaba la pérdida definitiva de la levedad y de la incertidumbre.

Creo que la mayor de las riquezas es el vacío de las manos y el sueño del corazón, ese que casi siempre suele ir acompañado por el dolor de una despedida... desde la ventana... desde el aeropuerto... desde la estación de Metro. Esa mirada terminal y húmeda, casi final, marca el inicio del hallazgo y el ocaso de la pérdida que nos atormenta por empeñarnos en lo que creímos ser nuestro y por basar nuestra felicidad en la posesión de aquello que jamás nos pertenecerá. Al fin y al cabo, en mi caso, qué es de lo que nunca me canso: pues de aquello que sin poseerlo me pertenece, de aquello que sin poder llegar a acariciarlo colma mis manos y rebosa en mi corazón con una eternidad que no cumple años.

Nadie debería renunciar a su Naturaleza, a su Verdad, por seguir el camino que otros andaron y que la mayoría frecuenta... ¡la de veces que la muchedumbre suele equivocarse!

Nadie debería acobardarse ante la incertidumbre del vacío, del vértigo, de la despedida y de la renuncia; al fin y al cabo las eternidades humanas suelen ser muy breves y las "divinas" no nos afectan... al fin y al cabo, aquello que realmente nos pertenece, lo que es afín a nuestro alma, terminará regresando para relucir más que nunca en la armonía de esa búsqueda que volverá a extraviarse y en la que volveremos a reencontrarnos.

La vida en nuestra sociedad nos intenta engañar con la inmortalidad de todo lo nuestro: "la hipoteca de cincuenta años... el matrimonio para siempre... el contrato indefinido... el hogar de la raíces"... y nos llegamos a creer, extrapolando, que todo lo nuestro es y debe ser eterno, que somos una especie de dioses inmortales para los que no existe el cambio; pero, siempre el maldito pero, todo es una cuestión de circunstacia y sólo parece que comprendemos que las circunstancias cambian cuando ya estamos perdidos para siempre, cuando no hay solución que se adapte al cambio que ha experimentado nuestra variable circunstancia. La angustia de esa prisión circunstancial debe de ser mucho más intensa y letal que la levedad de la despedida con la que solemos iniciar el camino de la búsqueda.

Ya, ya lo sé, basta una mirada interior para hallarnos y no tener que recurrir al dolor de la despedida... pero, ¿quién tiene el valor de mirarse? Seguramente, incluso sin tiempo para despedirnos, saldríamos corriendo también sin solución; al fin y al cabo ¿quién puede escapar de sí mismo?
(FOTO MARTA HUERTA. nubedenieve@hotmail.com)

2 comentarios:

chispa dijo...

a veces no es una cuestión de valor, sino de paciencia. El alma se esconde detras del ruido y no simepre es fácil oirla, aunque se preste atención. Es como el bajo, que nunca se identifica, hay que entrenar el oido y eso requiere tiempo.

Brezo dijo...

Los sueños son el alimento del alma y deben acompañarnos siempre, en todo tiempo y lugar. Sin ellos no hay vida.
Mas vivir perennes en los sueños nos conduce a olvidar el sentido de la realidad y perder nuestra propia identidad.