
A veces, con demasiada frecuencia, olvidamos el poder de las palabras y la persuasión que pueden tener nuestras expresiones sobre el pensamiento y la conducta de los demás.
Ya lo decía Don Quijote: "la pluma es la lengua del alma", y el alma, ese grado de consciencia y conocimiento individual, es la encargada de formar el Universo personal en el que nos desenvolvemos e intentamos desarrollarnos. Podría decirse, en más de un sentido, que construímos los cimientos de nuestra existencia a fuerza de nuestras palabras y que nos rodeamos de circunstancias, relaciones al fin y al cabo, edificadas sobre las palabras de los demás.
¿Por qué ocurre entonces que muchas vidas se derrumban y aplastan con su peso las existencias sobre las que se edificaron? Supongo que porque las bases sobre las que se levantaron eran débiles y endebles, inseguras. Supongo que porque muchos somos, o representamos ser en el peor de los casos, la espectativa y la imagen que los otros tienen de nosotros... en el mejor de los casos aspiramos, o nos creemos ser, el reflejo que un espejo nos devuelve y en el que en realidad sólo observamos a los demás, al concepto que otros tienen por belleza: jamás a nosotros mismos.
Y suele ocurrir que huímos de nosotros mismos: de nuestras canas, de nuestros pliegues, de nuestras arrugas, de nuestros dientes, de nuestros miedos, de, en definitiva, de nuestra imagen.
Pero, ¿somos en realidad aquello que vemos? Pienso que si de verdad somos eso, un reflejo, pobre imagen tenemos de nosotros.
Ocurre que en algunos lugares de ánima rasgada y errante no tienen espejos para no asociar su consciencia con la imagen de su cuerpo, con su circunstancia; muchos envejecen sin saber cual es el perfil de su rostro pero sintiendo como la sonrisa de sus actos embellece el desconocido reflejo.
Disociada la unión que confunde cuerpo y alma empieza el camino que concluye cuando se libera el conocimiento de lo que soy con el de la circunstancia que me rodea. Quizás así pudieran desprenderse las sensaciones y edificarse un cosmos que no dependiera de las palabras, ni de las nuestras ni la de los demás; quizás así el pensamiento dejaría de vagar para tornarse consciencia perfecta y no depender ni de reflejos ni de circunstancias. Quizás, supongo, lo que quedaría entonces de uno mismo sería tan sólo eso, uno mismo sin maquillajes, sin dependencias, sin entorno.
Y como todo lo que es hermoso en la vida, bello, este proceso de catarsis debería ser leve para derrumbar lo que fuímos sin el trauma de la vida edificada a base de mentiras, de opiniones ajenas, y de reflejos.
Ojalá que las palabras fueran siempre abrazos... si no las de los demás, sí deberían serlo las nuestras: para sentir sin ver lo que somos; para ser y fluir cuando todo se derrumbe; para no asustarnos cuando al alma no le quede cuerpo y el único camino sea el susurro de una pluma que leve nos acarició.
(Para ver el poder que tienen las palabras en los demás, en nosotros mismos, buscad en Google la entrada Masaru Emoto; cualquiera de los enlaces que lleve "mensajes del agua" es más elocuente que mis palabras... con ellas, con humo de incienso, os abrazo).
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