miércoles 6 de febrero de 2008

ENOORAQ (2ª parte)


Enooraq hablaba y hablaba contando un sin fin de historias que se encadenaban sin dar tregua y, en sus ojos, algunas veces transmitía la inocencia de los niños y, otras muchas, expresaba la inmensa pena de su alma virtuosa... porque Enooraq poseía un alma virtuosa capaz de distinguir la Perfección allá donde ésta se presentase.

Y eso de distinguir la Perfección no es tarea fácil. Todo lo Perfecto es bello, pero no todo lo bello tiene porqué ser Perfecto; ¡ay la de veces que nos habremos engañado pensando que lo bello es condición necesaria y suficiente para ser Perfecto!

Lo bello es tan sólo un disfraz con que se visten las circunstancias mas triviales de la vida para confundirnos el camino y zarandear nuestras existencias con los errores iterados; sin embargo, no habrá pasado el Tiempo con su perspectiva la distancia suficiente que requiere para otros menesteres, y ya estaremos lamentando las decisiones tomadas cuando fuimos cegados por los destellos de los oropeles con los que se engatusó nuestra alma.

Aquello que creímos ser auténtico, puro, terminará por incomodarnos más temprano que tarde y, quizás, sea tarde para retornar al camino de la virtud, Bello, seguramente menos aparente... al fin y al cabo dicen que la Sabiduría, que el Hombre Sabio, camina con la cabeza gacha.

En cambio, cuando uno reconoce y se instala en la Belleza que implica la Perfección, el alma entra en armonía con el entorno y la virtud del propio conocimiento nos conduce a no querer abandonar ese estado de ánimo que es equilibrio e Inspiración permanente.

Enooraq había hallado la Poesía de su Inspiración, su Perfección, su Belleza, en la granja que habitaba junto con sus tres perros y sus ovejas.

Quizás el camino de dicha Perfección implique parte de la soledad y de la amargura, del sufrimiento, que castiga el alma de aquellos que por su conocimiento hallaron la armonía; y es que Enooraq no pudo ir en contra de él mismo a pesar de las heridas de un abandono víctima de oropeles: cambiaron estrellas por farolas... eligieron la calefacción al calor... prefirieron el ruido al pensar... ganaron los grises y perdió el blanco... la tele silenció al cuento y a la conversación... Sólo Enooraq, sabedor de que la Virtud siempre reluce, no empachó sus ojos con los brillos ajenos al paraíso en donde habitaba, y sin explicaciones se quedó triste, infinitamente triste, para observar la felicidad de su Perfección.

Como todo en la Vida, como el Ying y el Yang, como el Ser y el No Ser, todo es un mundo dual y una cuestión de equilibrio que sólo debería romperse hacia el lado donde el Alma sueña, jamás hacia el abismo que ansía o desea...

...porque los sueños son puros y traen dulce equilibrio; los deseos tan sólo son los brillos, terminales, amargos, desesperados, de las confundidas sensaciones.
(FOTO FERNANDA CRUZ. cucala1@telefonica.net)

lunes 4 de febrero de 2008

ENOORAQ (Iª parte)


Como muchos sabéis, tengo en mi destino la estrella de la Inquietud y, será por el deseo inconsciente que me explicó mi amiga Conchi, pocas veces estoy conforme ni con lo que me rodea ni con lo que siento... será que yo también soy víctima de esa verdad que reza "el ser humano ama lo que no tiene o lo que pierde". Y yo, perseguido por esa inconformidad, tengo la sensación de nunca estar en donde deseo y nunca desear el lugar en donde siento y estoy.
En mi destino inconformista, los rincones, los horizontes, llámalos como quieras Marta, se sudecen y me saturan la sensible memoria hasta tal punto que puedo estar contemplando algo realmente bello, Perfecto, y quedarme indiferente hasta que muchos meses después mi sensibilidad se despereza ante el asombro de los recuerdos.
Así transcurren muchos de mis destinos; pasados tres meses de belleza y de perplejidad, dejo de asombrarme y de sorprenderme; llego a convertirme en un ciego de sentimientos y de sensaciones que deja pasar la oportunidad de lo contemplado.
¡Qué le voy a hacer! Si uno termina, para sobrevivir, insensibilizado ante las crueles imágenes que me regala la vida de los horizontes en los que navego, cómo no iba a insensibilizarme ante la sucesión de una belleza que a veces duele por solitaria, jamás por sufrida.
Sin esperarlo llegué a Groenlandia el verano pasado y, nada más penetrar su salvaje frontera, tuve la corazonada de que esa isla helada, como lo mejor de mi amada India, terminaría por complicar mi vida y enredar mi destino con su karma de causas y consecuencias.
Supongo que algún día escribiré algo sobre Groenlandia, deberé esperar a que mi sensibilidad recopile los recuerdos embotados de lo vivido y analice las sensaciones de lo experimentado.
Allí, en Groenlandia, a pesar de que todo es tan puro como el hielo, uno entra en conflicto inmediato con sus sensaciones y, de nuevo, la incertidumbre de las referencias extraviadas hacen que se tambaleen hasta los destinos más sólidos; y es que la vida en el Ártico es y resulta tan ambigüa y absurda como lo eran los capítulos de la serie "Doctor en Alaska".
Así, en el absurdo del deseo inconsciente, en una de mis postreras guiadas, conocí a Enooraq (literalmente "personita"), un anciano granjero Inuit de 68 años y de mirada triste, inmensamente triste, con el que congenié desde la primera sonrisa y con el que me sentí anímicamente identificado.
Desde su granja la soledad cómplice era lo que se respiraba, y lo que desde ella se contemplaba era la imagen de la foto que ilustra esta entrada: un auténtico tesoro que el alma identificó como tal sin peligro de ser confundida con los oropeles de otras sensaciones y de otras miradas con las que los humanos nos dejamos confundir... CONTINUARÁ.
(Foto FERNANDA CRUZ. cucala1@telefonica.net)