
Enooraq hablaba y hablaba contando un sin fin de historias que se encadenaban sin dar tregua y, en sus ojos, algunas veces transmitía la inocencia de los niños y, otras muchas, expresaba la inmensa pena de su alma virtuosa... porque Enooraq poseía un alma virtuosa capaz de distinguir la Perfección allá donde ésta se presentase.
Y eso de distinguir la Perfección no es tarea fácil. Todo lo Perfecto es bello, pero no todo lo bello tiene porqué ser Perfecto; ¡ay la de veces que nos habremos engañado pensando que lo bello es condición necesaria y suficiente para ser Perfecto!
Lo bello es tan sólo un disfraz con que se visten las circunstancias mas triviales de la vida para confundirnos el camino y zarandear nuestras existencias con los errores iterados; sin embargo, no habrá pasado el Tiempo con su perspectiva la distancia suficiente que requiere para otros menesteres, y ya estaremos lamentando las decisiones tomadas cuando fuimos cegados por los destellos de los oropeles con los que se engatusó nuestra alma.
Aquello que creímos ser auténtico, puro, terminará por incomodarnos más temprano que tarde y, quizás, sea tarde para retornar al camino de la virtud, Bello, seguramente menos aparente... al fin y al cabo dicen que la Sabiduría, que el Hombre Sabio, camina con la cabeza gacha.
En cambio, cuando uno reconoce y se instala en la Belleza que implica la Perfección, el alma entra en armonía con el entorno y la virtud del propio conocimiento nos conduce a no querer abandonar ese estado de ánimo que es equilibrio e Inspiración permanente.
Enooraq había hallado la Poesía de su Inspiración, su Perfección, su Belleza, en la granja que habitaba junto con sus tres perros y sus ovejas.
Quizás el camino de dicha Perfección implique parte de la soledad y de la amargura, del sufrimiento, que castiga el alma de aquellos que por su conocimiento hallaron la armonía; y es que Enooraq no pudo ir en contra de él mismo a pesar de las heridas de un abandono víctima de oropeles: cambiaron estrellas por farolas... eligieron la calefacción al calor... prefirieron el ruido al pensar... ganaron los grises y perdió el blanco... la tele silenció al cuento y a la conversación... Sólo Enooraq, sabedor de que la Virtud siempre reluce, no empachó sus ojos con los brillos ajenos al paraíso en donde habitaba, y sin explicaciones se quedó triste, infinitamente triste, para observar la felicidad de su Perfección.
Como todo en la Vida, como el Ying y el Yang, como el Ser y el No Ser, todo es un mundo dual y una cuestión de equilibrio que sólo debería romperse hacia el lado donde el Alma sueña, jamás hacia el abismo que ansía o desea...
...porque los sueños son puros y traen dulce equilibrio; los deseos tan sólo son los brillos, terminales, amargos, desesperados, de las confundidas sensaciones.
