lunes 25 de febrero de 2008

EL PRIMO GENARO


Creo recordar, al menos en mi caso, que nacemos sin darnos cuenta; y nada más nacer, los protagonistas de nuestra vida, nos abruman con una serie de títulos que nos responsabilizarán, sin tan siquiera quererlo, durante toda la existencia que entre alborotados llantos acabamos de estrenar.
Sin ni siquiera saber quienes somos y sin tener conciencia de nuestra propia realidad, resulta que ya somos hijos, primos, sobrinos, hermanos y, hasta hace poco, tal y como ocurre en otras sociedades no tan lejanas, esposos, novios y/o prometidos.

Siendo bebés ya se espera de nosotros que nos comportemos de acuerdo a la responsabilidad que esos títulos gratuítos implican; y da lo mismo lo que ocurra porque tarde o temprano escucharemos la frase "¿cómo no vas a ir a la boda de tu primo Genaro?". "Es que yo no conozco al susodicho Genaro"_responderemos; con un "da lo mismo, es tu primo y no rechistes" se acabará la discusión apenas iniciada... y a esa discusión primordial la seguirán insufribles fiestas entre "familiares" a los que tendremos que soportar en soporíferas reuniones, que para mas inri, suelen ser de aparente etiqueta, sólo porque nacimos con una serie de títulos impuestos.

Da igual que el Genaro de turno sea un hipócrita, un cretino, o una malísima persona a la que en condiciones normales no me acercaría ni con un palo de 200 metros, y a la cual estén ansiosos por saltarle los dientes todos los que le rodean; siempre supondrá un disgusto, cuanto menos, o un cisma familiar, cuanto más, el mantenerse firme en la decisión "paso del primo Genaro".

Creo que de los únicos títulos que tenemos que responder son el de Padre y Madre, al fin y al cabo a ellos les debemos la Vida y eso es algo de agradecer porque, incluso antes de haber nacido, ya estaban haciendo cosas por nosotros; el resto de etiquetas y titulaciones hay que ganárselas. De nada vale tener un hermano si este no se comporta como tal... de nada vale tener un primo si ese mismo primo no sería ni siquiera mi amiguete en caso de haber nacido en otra familia.

La vida nos impone una familia que debemos aceptar u olvidar según sean las tragaderas particulares de cada cual; pero la vida también pone a nuestro alcance una serie de personas ajenas que se ganan el título de "hermano" a pesar de ser alguien completamente ajeno a nuestras raíces o genes.

Yo una vez más tuve suerte y tropecé, algunas veces me zancadillearon, con hermanos vitales que, ajenos a mis padres, nada tienen que ver con mi sangre pero sí con mi alma.

Son con esos hermanos de vida con los que me paso las horas de los sueños y de los recuerdos, con los que hablo sin parar hasta bien llegado el amanecer, o con los que me siento en el cálido atardecer de Amritsar a contemplar la vida pasar entre zumos y miradas dulces.

Son con esos vitales hermanos con los que una hora adquiere la dimensión de un segundo y en los que pienso y con los que siento cuando el humo del incienso se pierde en los horizontes por los que me extravío.

Por mi forma de ser, supongo que como a muchos, me cuesta un pelín que alguien llegue hasta mi corazón, pero una vez que ese alguien, por cualquier vía, ha hallado el camino o se ha instalado en ese sentimiento, ya no podrá salir de allí por mucho que lo intente o por violentos que sean los zarandeos de la vida.

Pasará la vida, pero parecerá que el tiempo no haya transcurrido; así se consumirán, quizás, los años en los que los avatares del existir me mantengan alejados de los hermanos vitales, pero esa distancia tan sólo será física y sé, con la certeza del que ya lo ha experimentado, que en cuanto nuestras miradas se vuelvan a encontrar en cualquier recodo del camino la conversación continuará siendo fluida, la mirada inocente, y el sentimiento infantil... sin etiquetas y sin artificios, como si nunca hubiese existido la distancia que separa los años o jamás hubiera transcurrido el tiempo que no alejó Madrid de Patagonia, Patagonia de Amritsar, Amritsar de Opañel, u Opañel de Peña Sirio.