
Nunca me han gustado los domingos, y menos ahora que tengo la suerte de poder vivir en un estado de "vacaciones de verano" permanente... las calles se llenan de patosos, la Pedra se peta de domingueros, las carreteras se colapsan de coches más que apresurados, y las terrazas se inundan de gente fea que viste como si fuera guapa.
Ya desde que era pequeño tengo asco visceral a ese día final en el que todo parece dormir en el temor de una espera en la que sigilosamente aguarda la tragedia del lunes... a mí plin, ya he dicho que ahora mi circunstancia me permite vivir mis días como "vacaciones de verano".
De crío entretenía esas horas de espera jugando con mi hermana, escaqueándome del refinado y cursi cine de parroquia, escuchando el carrusel deportivo con mi padre y, ya de noche, perdiéndome en el sueño que me regalaba la tele.
Y es que antes, antes de que la tele fuera la basura inmunda que es ahora, echaban los domingos por la tarde dos programas muy buenos: uno, Cosmos; otro, Comprender Asia... y como sé que la infancia es un trauma que jamás se supera, pues el primero de los programas marcó parte de mi formación Académica y, el segundo, perfiló la razón absurda de mis objetivos y de mis horizontes.
Como siempre me encuentro al comienzo de todo a pesar de lo andado y consumido; mi formación Académica tiene más que ver con la voluntad y la cabezonería que con mis luces, y la Comprensión de Asia me llevó, no podía ser de otra manera, a la incomprensión de Occidente.
Y es que, para mí, Occidente, eso que llamamos primer mundo, se ha convertido en un interminable domingo de caras feas y maquilladas, de películas sosas con moral sibilina, de robos a lo Guruceta y, en definitiva, de una espera que transciende a la tragedia del lunes pues anuncia nuestra propia tragedia.
Digo que comprender Asia me llevó a la incomprensión de Occidente... quizás fuera que de aquí no me interesa comprender nada. Y es que para comprender uno debe, antes, realizar el esfuerzo de conocer; y no me refiero al esfuerzo refinado de ignorantes que coleccionan momunentos y países a modo de sellos en el pasaporte y que luego te sueltan con la sonrisa atrevida de la vanidad en sus rostros: "a mí lo que me cautivó de India fue la mirada profunda de la gente"... ¿de qué me estáis hablando, de la mirada que visteis de reojo desde el cristal tintado de vuestro autobús de lujo o de esa otra que despreciasteis con vuestra limosna egoista y con la que pretendisteis silenciar la voz de vuestras conciencias?
Conocer lleva implícita una tarea que exige mancharse las manos y despojar de nuestras conciencias la primera impresión que algo nos deja en la sensibilidad; conocer, comprender, lleva asociada la acción de rascar y quitar la primera capa que suele cautivar o rechazar a nuestros sentidos.
¿Queremos conocer? Rasquemos entonces.
Yo el país que mejor conozco y que, quizás, menos comprendo es India... y rasqué sus costras, removí sus miserias, limpié su polvo para encontrarme pura Vida sin censuras y sin limitaciones, tan cruel como dulce. Hallé una Vida que ni escondía sus miserias y ni marginaba lo feo o lo doloroso... porque lo feo y lo doloroso es parte de la Vida. Me encontré con una Vida perdida en el caos en la que, sin embargo, todo llegaba a donde tiene que llegar en el tiempo exacto.
Y como rascar en India supuso una buena idea en el objetivo de la comprensión, pues pensé que rascar en Madrid sería también algo bueno; pero, "¿qué hay que rascar en Madrid?" _ me dije_ "aquí está todo limpio; será mejor que lo abrillante un poco más"... ¡Ay la que lié! Fue empezar a pulir el brillo de los oropeles, y desaparecer el maquillaje de lo bonito y de lo aparente; descubrí un mundo en el que el dolor se esconde en un intento vano de protegernos de lo que en esencia somos. Occidente era un palacio de cristal, una burbuja ficticia, en donde la muerte es ajena hasta que se hace inevitable, el dolor se silencia en la ignorancia de la mirada que se pierde en otro lado, y el sufrimiento es endémico de los países aquellos en los que la mirada de la gente es negra y profunda... porque todo lo malo, lo cruel, lo triste, lo doloroso ocurre en aquellas regiones que ignoramos a fuerza de distancia o que distanciamos a base de ignorarlas.
Debajo del brillo había polvo y suciedad, la mentira de los que dicen que hacen todo por nuestro bien pero que sólo buscan su beneficio y el privilegio de una libertad que controlada deja de ser libertad.
Tenemos más información y, sin embargo, cada vez conocemos menos.
Tenemos mejores condiciones de vida y, sin embargo, tenemos la vida cada vez más condicionada.
Tenemos más luces pero vemos menos estrellas.
Tenemos más salud, pero cada vez somos más débiles.
Cada vez conocemos menos pero tenemos miedo de más cosas.
Sí, a veces es mejor no rascar, empeñarse en no conocer y recrearse en la ignorancia que calma nuestras consciencias con esa limosna que dimos a cambio de la mirada oscura que nos convirtió en expertos viajeros.
Afortunadamente, y sólo para nuestro bien, los Ayuntamientos están instalando cámaras de seguridad no vaya a ser que una vez más me marche con la lumi equivocada; a dios gracias, los DNI llevarán un chip prodigioso que me hará estar localizado siempre, no vaya a ser que alguien me secuestre; gracias al cielo las chaquetas de goretex vienen con un chip por si me extravío en la montaña... y yo me siento genial, a pesar de mi aspecto permanente de sospechoso, de que decidan por mí lo que es bueno y apto para mi bien.
Prefiero vivir en lo que me queda por comprender que en aquello que ya no me interesa entender.