sábado 1 de noviembre de 2008

HABLA GROENLANDIA


Podría hablar de fiordos, de glaciares, de montañas; podría contar historias de vientos, de nieblas, de soledades; podría intentar describir la incomprensión de un tiempo acelerado y el absurdo de un reloj congelado y nevado, de unos segundos hechos mar, y de un océano convertido en el camino de la niebla confundida.

Podría, una vez más, hablar sobre Groenlandia e intentar describir la senda que enreda sus horizontes y mis destinos; pero esta vez, más que hablar, intentaré sentir el lenguaje de una Tierra que más allá del paralelo 60, sutilmente susurra la intuición de una comunicación que no se expresa ni con palabras ni con gestos.

Quizás todo sea, de nuevo, una locura de las mías; quizás, tan sólo, sea una sensación que todos acariciamos y que solamente sentimos aquellos que transitamos el arco virtual que va más allá de ese paralelo 60.

Vivo enredado en un mundo caótico de karmas, de leyes que accionan y que reaccionan; vivo permanentemente fascinado por la sonrisa de los dioses amables que aspiran el incienso de algunos humos y de extraños ritos; simplemente, intento vivir en la armonía de mi conciencia encajando las piezas que venían en la caja del puzzle de la existencia que me tocó vivir. Y buena parte de lo que me tocó fue la sonrisa de una soledad que, de momento, nunca ha sido ausencia.

Siempre he dicho, he pensado, que si dios existe, existencia de la que dudo pues sólo puedo creer en el universo de mi caótico mundo, éste debe esconderse entre los riscos de la Pedriza pues, como queda escrito en algunas otras entradas de este blog, ha sido allí, en la cima del Yelmo, en donde han empezado todos mis sueños, en donde he confundido el horizonte con la Perfección, y en donde el susurro de su amable dios ha sido un sentimiento personalizado.

Y quizás, volviéndome loco, empecé a comprender las palabras que buscaban algunos de mis inciensos y que sin lucha, sin forzarlas, me hacían estar en el lugar adecuado para que mi destino se siguiera tropezando fluídamente conmigo.

¡Y yo que creía que comprendía! Así llegué a Groenlandia y experimenté como la voz no sólo de dios, sino de todo el entorno habitualmente considerado mudo, rasgaba su susurro en el grito que conlleva el transitar aquellas soledades... ¡difícil eso de intentar explicar el sentir más allá de las palabras! ¡Difícil esto de intentar transmitir una sensación a quién, a lo mejor, nunca antes las experimentó!

Caminé y allí, en ese paralelo en donde todo debe fluir porque de lo contrario el horizonte te da una patada en el trasero y te envía malhumorado de regreso a casa, empezaron ha hablarme las nubes al tiempo que el hielo claro de miles de témpanos mostraban un lenguaje, el suyo, antes encriptado en la fortaleza de sus formas.

Anduve en soledad, sin ausencias, y despierto vi pájaros transformar su presencia para mostrarme la verdad de un camino, el mío, en la certeza de que aunque uno pierda uno nunca debe dudar en las elecciones que conforman el puzzle de su universo.

Aguardé leve, sin forzar las situaciones de otros destinos antes desesperados, y el horizonte volvió a tropezarse con mi mirada encajando el universo hablado de karmas con mi mundo caótico.

Así, hasta mí, llegó el abrazo de aquel que fue Atos para de nuevo sentirle, para decirme que jamás hubiera imaginado volver a correr por unas praderas tan verdes como aquellas, más intensas incluso que esas otras que atesora el parque de atrás de mi casa; para comprender que él también tenía un horizonte hermoso... carente de dudas y de ausencias.

(Foto Pablo Seco Paz)